Reseña de Desde el aire en Sólo tempestad




I like pleasure spiked with pain

and music is my aeroplane

Red hot chili peppers

Por Lucia Álvarez

Supongamos que existe la literatura veraniega en Buenos Aires a 36 grados. Y si existe, nada tendrá que ver con el clima agobiante, casi claustrofóbico que sobrevuela Desde el aire, primera novela de Mariela Ghenadenik.

Primera aparición: Malena, doppelgänger. Chica judía ortodoxa de educación estricta.

Sus dos caras son un espejo invertido del poder. El que ejerce en la oficina como jefa, y al que se somete como prostituta sado en su rol de sumisa. Tras sufrir abusos desde la infancia, sólo encontrará el placer en la humillación y la violencia física.

Segunda aparición: Laura, víctima full time. Contratada por Malena como asistente, es maltratada por su jefa y compañeros de oficina al punto del ridículo. Tiene un amante al que no puede dejar, presa del vacío que siente cada vez que él vuelve a abandonarla. Cree que está condenada a ser “la segunda” en todas sus relaciones. Cuando descubre la cara oculta de Malena, todas las represalias recaen sobre ella.

La clave de Desde el aire está en el ojo relator, que va posándose en distintos ángulos y desde allí va narrando, como una luz intermitente, que sólo necesita hacer foco para tomar envión. Siempre lejos del rol inquisidor. Se limita a describir, comparar, por momentos sobreanaliza y se pierde en divagues visuales. A veces resulta introspectiva al punto del tedio.

El limbo es el escenario fetiche de Ghenadenik. El aire es un no-lugar. Es tiempo suspendido, como el que transcurre en los aviones y los aeropuertos. No hay antes ni después.

Nadie es nada adentro de un avión, nadie hace nada. Desde el aire se ven formas confusas, cosas que no son, que no pueden ser y a la vez suceden.

El guiño al celuloide se refleja también en los pasajes musicalizados con fragmentos de canciones que se cuelan a modo de banda sonora y aparecen como créditos al final. Si Manuel Puig utilizó recursos cinematográficos para narrar desde la palabra escrita, Mariela dirige una cámara despiadada y brutal, que no teme acercarse a sus personajes y exponerlos en su miseria desconsolada, o regodearse en la crueldad más sangrienta.

Malena y Laura se subyugan al castigo. La vejación es el lugar que comparten sin saberlo. A veces apenas separadas por una pared de telo que permea los gritos. Viven una sexualidad que sólo puede ser clandestina, y que no existe más allá de las habitaciones de hotel. El sadomasoquismo y la infidelidad son dos caras de lo prohibido, de lo que no debería ser. De lo que nadie tiene que saber.

Una mujer con lobos hambrientos que le cuelgan del cuerpo no es un ser feroz, es más bien una hembra débil, necesitada de protección y, aunque ella misma se hubiera comprado el tapado, ante el mundo aquel abrigo será siempre el regalo de un hombre que mató un animal para cuidar de su hembra.

Ambas son personajes frágiles. Y esa fragilidad las mimetiza, las vuelve invisibles. Son lo que los demás hacen de ellas. Resurgir del dolor profundo, o ahogarse en él, será la disyuntiva final que deberán atravesar para que ocurra el desdoblamiento.

Si tuviera que elegir una escena, me quedo con la postal de Laura a bordo de un avión, sabiendo que ese espacio no cuenta, pero que cuando vuelva a la tierra podrá volver a ser un playmobil con sentimientos. Parafrasea I carry your heart, de E.E. Cummings, aunque bien podría haber cantado Aeroplane, de Björk.

él esta lejos

algo no está bien

estoy sola

subo a un avión

atravieso el mundo

para seguir mi corazón