Reseña de Desde el aire en Siga al conejo blanco




El punto de vista en la mira
Por Eugenio Polisky


Desde el aire, de Mariela Ghenadenik, plantea desde un principio una especie de diálogo o dúo o duelo entre dos personajes femeninos, Malena y Laura, quienes son, simultánea y consecutivamente, protagonistas de la novela y, a la vez, antagonistas. Se va alternando el punto de vista de un capítulo a otro, focalizando la mirada en uno u otro personaje, mediante una voz en tercera persona que es, también, un eterno presente, con pequeñas intromisiones del pasado y breves focalizaciones en las experiencias de otros personajes menores. Es precisamente esta alternancia del punto de vista el juego básico que presenta la novela, esa mirada “desde el aire”, desde arriba, distanciada, que intenta descifrar los hechos, sin poder penetrar más allá de la superficie: una mirada que sólo logra describir las acciones y ver a veces con ojos de extrañamiento el absurdo de las convenciones dentro de las cuales se desarrolla la vida contemporánea.

La novela empieza in media res: nos zambullimos en una situación desconcertante, hay algo relacionado con la perversión, y cuesta orientarse inicialmente; justamente esta confusión la compartimos con Malena, personaje que vive en lo extremo y goza de poder en su espacio laboral. Por contrapartida, Laura, que aparece por primera vez en el siguiente capítulo, vive una intimidad de sometimiento e incluso su rol laboral, como subordinada de Malena, es uno de docilidad. La mirada va y viene entre estos dos personajes a lo largo del libro, y en este juego de desdoblamiento, de alter ego, una se convierte en una especie de doble de la otra.


Estos personajes se mueven en un mundo cerrado, claustrofóbico, donde cada acción cotidiana se torna en cuestionamiento; están sumergidas en un presente continuo, con una mirada focalizada que se alterna entre la experiencia de una y de la otra, sin llegar a conocerlas plenamente. Porque todo se trata de la superficie, de la mirada, de lo que se ve desde afuera. Los personajes finalmente son signos de interrogación;
tienen la opacidad de lo cinematográfico, donde la información se obtiene exclusivamente a través de la acción, de la observación minuciosa de estas vidas. En este ambiente de lo banal cotidiano, del trabajo en una oficina, está subyacente lo siniestro, la traición y la violencia. Con respecto al trabajo dice “trabajar entonces será competir por no hacer algo y a la vez hacerlo bien”. Es una paradoja, una paradoja enunciada desde la negación, y es justamente esta negación, este nihilismo, lo que atraviesa la trama del libro. Ya al principio dice “nadie la mirará dormir, ninguno de esos hombres […], no será ninguna de esas mujeres […], no habrá nadie”, cerrando de manera casi circular con la negación de estar “en un no lugar, sin tiempo, en un no país, en un no idioma, en un no antes ni después”. El espacio y el tiempo representan la continuidad, y también la nulidad, sin pasado, sin futuro, un eterno presente, fuera del espacio, fuera del tiempo. Es el todo, es la nada. Un transcurrir que también toca lo cinematográfico.


Hay experimentación en la voz narrativa de Ghenadenik, y una serie de imágenes que se llevan hasta el extremo, hasta el absurdo: la imagen puede llegar a ser hiperbólica, se abre como un abanico, una caja china, una muñeca rusa, con la ironía que surge a partir de una voz que narra desde una aparente neutralidad. Como por ejemplo la fila de personas que esperan para subirse a un colectivo “todos tan prolijos y planchados que si vistieran guardapolvos podrían cantar el himno”, o la ironía de la persona que “creía en la delgadez […] con fe evangelizadora”. Lo cotidiano se convierte en asombro.


La novela se abre con un acápite de una canción de la banda Bersuit Vergarabat, que presenta las temáticas que se van a desarrollar, y al final hay una lista de créditos de temas musicales (junto con la mención de un par de poemas de e.e. cummings) que sirven como banda sonora que acompaña al texto, reforzando la idea de lo cinematográfico. Hay un capítulo que transcurre en un albergue transitorio donde se salta de un personaje con el ritmo de un montaje cinematográfico al estilo de Eisenstein; es un clímax, una epifanía. E incluso, en una posterior escena, el desenlace crucial de uno de los personajes es relatado por otro; después de haber seguido las acciones de ambos personajes, ahora sólo podemos conocer lo que ocurre fuera de escena a través de esta voz en off que la narra, volviendo a la idea de lo cinematográfico.


“Cómo decir tiempo de otra manera”, nos cuenta en algún punto la narración, y es precisamente esto de hablar del tiempo, del espacio, de la mirada, lo que propone esta novela. Mirar la vida desde el aire, desde ese otro lugar que también es tiempo, como lo que ocurre al viajar en ese eterno presente que es un avión.

Desde el aire es una historia iniciática donde la mirada lo es todo. Al final de la novela, uno de los personajes que viaja en avión “mira por la ventana: el cielo es de un amarillo pálido”, sabiendo que “desde abajo, seguro se verá radiante”. La experiencia vital cambia según el punto de vista, y este juego de las miradas nos ofrece la posibilidad de ver la vida desde el aire, con su respectivo extrañamiento, o vivirla desde abajo, inmersos en la vida misma. Esas, aparentemente, son las opciones de las que disponemos.


Ver nota original